5G, 6G y la ilusión de la latencia cero: cuando la tecnología va más rápido que el sistema

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En los últimos años, el relato tecnológico en torno al 5G —y ahora al emergente 6G— ha estado cargado de titulares épicos. Hemos leído que permitirá operar robots a miles de kilómetros, conducir vehículos de forma remota o realizar cirugías en tiempo real desde otro continente. La narrativa sugiere una tecnología que elimina la distancia, reduce la latencia hasta hacerla invisible y convierte el mundo físico en una red sincronizada y continuada.

Pero cuando uno observa la realidad y se da cuenta que su teléfono se sigue cortando, las herramientas de videollamadas funcionan a veces sí y a veces hay que bajar la cámara… se cuestiona si no habrá que mirar estos hitos con la mirada de la gestión y no del marketing, y surge una pregunta clave: ¿cuánto de lo que vemos es una demostración tecnológica y cuánto es realmente una capacidad operativa?

El caso de la cirugía remota es un buen ejemplo para entenderlo. Es, sin duda, un logro fascinante del que ya se ha hecho eco la prensa internacional. Un cirujano en Francia operando a un paciente en China, asistido por un robot quirúrgico y una red avanzada de comunicaciones. Pero más allá de la épica, lo relevante es el contexto: no se trató de una operación cotidiana ni de alta complejidad, sino de un experimento científico y tecnológico cuidadosamente diseñado, supervisado y controlado en extremo. Los procedimientos practicados eran muy específicos, repetitivos y de bajo margen de variabilidad y complicación, con personal médico presente junto al paciente y protocolos de emergencia preparados para intervenir en cualquier momento. La red utilizada no era el 5G público que todos conocemos, sino una infraestructura privada, priorizada, monitorizada y redundante, apoyada en 5G y fibra óptica, con condiciones que simplemente no existen en la red comercial abierta.

Es decir, no fue una prueba de que nuestra conectividad ya está garantizada sin latencia y que la medicina remota esté lista para desplegarse de forma masiva, sino una prueba de que, bajo condiciones de laboratorio ampliadas, es técnicamente posible cruzar una barrera que antes parecía infranqueable. De hecho no se consiguió la latencia cero, pero tolerable para el tipo de intervención. Esto no es escalable a la práctica médica diaria. Es decir, esto es algo muy distinto pero no por ello menos valioso.

La lección que deja este tipo de demostraciones es menos tecnológica de lo que parece y profundamente estratégica: la tecnología ya no es el principal límite; el límite ahora es el sistema. La latencia dejó de ser un muro infranqueable y se convirtió en una variable gestionable, pero su control exige un ecosistema que todavía no existe fuera de contextos experimentales: regulación adaptada, gobernanza operativa, responsabilidad legal, solidez cultural y seguridad organizativa.

Desde esta perspectiva, el discurso sobre el 5G requiere matices. El 5G ha introducido mejoras reales: ofrece mayor velocidad, menor latencia en promedio y mayor capacidad para soportar dispositivos y tráfico. Sin embargo, eso no significa que garantice las condiciones que muchos casos de uso críticos necesitan. La red pública sigue siendo compartida, variable y no determinista. Puede acercarnos, pero no puede prometer estabilidad absoluta.

Por eso, los despliegues que sí se aproximan a ese ideal no descansan únicamente en el 5G, sino en algo más complejo: redes privadas, edge computing, redundancia múltiple, control extremo a extremo del tráfico y operaciones diseñadas bajo estándares de misión crítica. Lo que cambia con 5G no es tanto la magia, sino la arquitectura.

Y aquí entra el 6G. A diferencia de las generaciones anteriores, que se comunicaban al mercado como saltos en velocidad, el 6G se concibe en torno a un objetivo distinto: redes deterministas, latencia garantizada, integración nativa entre computación y comunicación. No se trata solo de transmitir más rápido, sino de crear sistemas que puedan sostener simultaneidad operativa fiable entre mundos físicos remotos.

Es una promesa ambiciosa, pero también profundamente dependiente de algo que rara vez se menciona en los titulares: la madurez institucional. Porque aunque la tecnología avance, la adopción no depende solo de antenas, cables y frecuencias. Depende de normas, responsabilidades, modelos de riesgo, cultura organizativa y ética operacional.

La verdadera frontera ya no está en la física de la red, sino en la sociología del sistema.

Para los directivos, este es el punto clave. No se trata de preguntarse únicamente si el 5G o el 6G “funcionan”, sino de cuestionar en qué condiciones generan valor, qué cambios organizativos exigen y cuándo un caso de uso es realista y cuándo sigue siendo una demostración brillante pero todavía no escalable.

Los experimentos nos dicen que el límite técnico puede cruzarse. Pero no debemos confundir posibilidad con madurez. Una cosa es que algo pueda hacerse bajo condiciones extremas; otra muy distinta es que pueda convertirse en servicio estable, regulado, seguro y económicamente viable.

Y, sin embargo, aquí reside lo verdaderamente interesante: estos hitos tecnológicos, aun siendo experimentales, señalan hacia dónde se mueve el mundo. Lo que hoy se consigue en laboratorio mañana se traduce en industria. La diferencia es que, esta vez, la fase de transición no será únicamente técnica; será, sobre todo, organizativa, regulatoria y cultural.

Lo que se demuestra con este tipo de experimentos es que la barrera física puede romperse en condiciones controladas y la latencia ya no es el principal límite. El cuello de botella pasa a ser sistémico: regulación, responsabilidad, fiabilidad y gobernanza.

En cómo diseñamos responsabilidades cuando la acción ya no está donde está el operador.

El salto que queda por delante no está en la red; está en la empresa, en las instituciones y en la prioridad que le demos a este tema. En cómo definimos confianza cuando la operación se distribuye en infraestructuras remotas.

En cómo gestionamos riesgos cuando el fallo no tiene tiempo de reacción humana.

La innovación nos ha mostrado que la distancia ya no es una barrera inevitable. Pero también nos obliga a asumir una verdad incómoda: no basta con que la tecnología esté lista; el sistema que la soporta también debe estarlo.

Por tanto el caso de la cirugía no es una prueba de madurez, sino una prueba de posibilidad.

Y en innovación, esa diferencia lo cambia todo.

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